La voz del Papa

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El Observador permanente de la Santa Sede ante la FAO sobre el reto HAMBRE CERO 2030: "Tenemos que invertir en paz" (lun, 16 oct 2017)
Hoy, 16 de octubre, el Papa Francisco ha visitado la Sede romana de la FAO , la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, convirtiéndose en su segunda visita desde que está en el Pontificado. Y lo hace en el día en el que se celebra la Jornada Mundial de la Alimentación. Con ocasión de esta visita del Papa, en Radio Vaticana  entrevistamos a Monseñor Fernando Chica Arellano , el Observador permanente de la Santa Sede ante la FAO.   Monseñor Fernando Chica habla acerca del  reto del HAMBRE CERO , una iniciativa de la FAO que pretende para el 2030 erradicar el hambre en el mundo, asegurando que: "este reto últimamente se está complicando". El 15 de septiembre pasado tras el conocimiento de unos "datos alarmantes" el Observador permanente afirma que  "el hambre está repuntando en el mundo". "Llevábamos tres lustros en descenso y ahora estamos en  815 millones de hambrientos , esto quiere decir que hemos crecido 38 millones de hambrientos más en pocos meses, lo cual nos está informando que si no cambiamos el rumbo y las cifras se invierten, será bastante complicado alcanzar este reto de HAMBRE CERO para 2030" explica en los micrófonos de Radio Vaticana.  Además, Monseñor Fernando Chica cita las claves para que entre todos podamos ayudar a que este reto se cumpla , considerando que en primer lugar debemos "convencernos" : "todos podemos ayudar, nadie sobra ni nadie puede darse por evadido a la hora de plantarle cara al hambre". También invita a conjugar el verbo  "querer" : "Esta lacra no es cuestión de que la erradiquen los Gobiernos y las Organizaciones Internacionales" asegura, si no que "es entre todos que podemos derrotar el hambre y para ello basta querer". Por último invita a conjugar el verbo  "compartir" . No desperdiciar alimentos, aumentar lo que dedicamos a la solidaridad para con los más pobres o no tirar nada de lo que hay en la mesa son otras de las iniciativas a las que nos empuja para ayudar a alcanzar el hambre cero en 2030.  La Jornada Mundial de la Alimentación coincide este año 2017 con el momento en el que más personas han sido forzadas a huir de sus hogares desde la II Guerra Mundial debido al aumento de los conflictos y la inestabilidad política que en muchas partes del mundo se está viviendo. Fernando Chica asegura en los micrófonos de Radio Vaticana que  "nadie quiere dejar su tierra por gusto" , y es por ello que el aumento de la violencia, de los conflictos, sobre todo el incremento de los desastres naturales "aumenta el hambre y con el hambre se aumentan las grandes bolsas de migración forzada". Además, continúa, si queremos derrotar el hambre "tenemos que invertir en paz".   Asimismo, en relación a una afirmación hecha por la FAO en la que se lee que "hoy día hay suficientes alimentos en el mundo para que cada ser humano lleve una vida sana y productiva" , Monseñor explica cuáles son los problemas que dificultan que esos alimentos lleguen a las manos de todos : "La paradoja es realmente triste, hay comida para todos pero no todos pueden comer", y continúa: “podemos acabar con el hambre si invertimos más en justicia, en igualdad, si facilitamos que en el hemisferio sur los alimentos no se pierdan" .   "Los alimentos se producen, pero por falta de infraestructuras, de locales donde almacenarlos, de carreteras viables, estos alimentos no llegan a la mesa del consumidor”. Aunque no se trata únicamente del hemisferio sur, ya que en el hemisferio norte los alimentos “tampoco llegan como se debiera”, porque muchas veces en el hemisferio norte “hay un lujo, un desperdicio, un despilfarro que hace que los alimentos se queden rescindidos a unas pocas bocas y haya muchas que no tengan el alimento que precisan cada día” concluye. (Mireia Bonilla - Radio Vaticano)     (from Vatican Radio)...
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Papa: trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana (lun, 16 oct 2017)
(RV).- Tal como estaba previsto, en la Jornada Mundial de la Alimentación, el Papa Francisco visitó – el tercer lunes de octubre – la sede de la FAO, es decir, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. La celebración de este año tiene por tema: “Cambiar el futuro de la emigración. Invertir en la seguridad alimentaria y en el desarrollo rural”. El Obispo de Roma fue recibido a su llegada por su Director General, el Dr. José Graziano da Silva y por el Observador Permanente de la Santa Sede ante las Organizaciones y los Organismos de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, Mons. Fernando Chica Arellano .  Ante todo, en el atrio de esta institución se descubrió la escultura que el Papa Bergoglio regaló a la FAO, después de lo cual Francisco conversó brevemente con los principales dirigentes, y tras firmar el Libro de Honor, el Santo Padre se dirigió al segundo piso del edificio, donde saludó a otras personalidades, entre las cuales al Presidente de Madagascar, y diversos embajadores y ministros. Por último, en la Sala Plenaria, tras la apertura de este encuentro, que contó con la proyección del video sobre el tema de esta Jornada Mundial, y después de las palabras de introducción del Director General de la FAO, el Santo Padre dirigió su amplio discurso que pronunció en nuestro idioma. En cuatro puntos, el Pontífice expuso su pensamiento acerca de este gran problema que afecta a los más pobres del planeta. Ante todo recordó que la celebración de esta Jornada Mundial alude al 16 de octubre del año 1945 en que los gobiernos de aquella época – decididos a eliminar el hambre en el mundo mediante el desarrollo del sector agrícola – instituyeron la FAO. Y lo hicieron en un período de grave inseguridad alimentaria y de grandes desplazamientos de la población, con millones de personas buscando un lugar para poder sobrevivir a las miserias y adversidades causadas por la guerra. El Papa se refirió a la relación entre el hambre y las migraciones afirmando que “sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema”. Y ante la pregunta de ¿cómo se pueden superar los conflictos?, dijo: “El derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente, evitando que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social. Pensemos en las poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas. Se necesita buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme?”. El Pontífice destacó que los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: “los conflictos y los cambios climáticos”. Y afirmó textualmente: “Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir ‘otro lo hará’”. El Santo Padre manifestó asimismo que piensa que estos son los presupuestos de cualquier discurso serio sobre la seguridad alimentaria relacionada con el fenómeno de las migraciones. “Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable. Las recientes previsiones formuladas por vuestros expertos contemplan un aumento de la producción global de cereales, hasta niveles que permiten dar mayor consistencia a las reservas mundiales. Este dato nos da esperanza y nos enseña que, si se trabaja prestando atención a las necesidades y al margen de las especulaciones, los resultados llegan. En efecto, los recursos alimentarios están frecuentemente expuestos a la especulación, que los mide solamente en función del beneficio económico de los grandes productores o en relación a las estimaciones de consumo, y no a las reales exigencias de las personas. De esta manera, se favorecen los conflictos y el despilfarro, y aumenta el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen”. Ante esta situación el Papa afirmó con fuerza que “podemos y debemos cambiar el rumbo” , tal como él mismo lo ha escrito en su Encíclica sobre el cuidado de la casa común, Laudato si’ . Y si bien “reducir es fácil”, mientras “compartir, en cambio, implica una conversión”, lo que representa algo exigente, el Santo Padre se hizo a sí mismo y a los presentes otra pregunta: “¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término ‘humanitario’, tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales”. En cuanto al trabajo diplomático necesario para que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada , que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas, Francisco pidió: “Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: «Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados». Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión”. Por último y antes de despedirse, el Papa Francisco recordó que “la Iglesia Católica, con sus instituciones, teniendo directo y concreto conocimiento de las situaciones que se deben afrontar o de las necesidades a satisfacer, quiere participar directamente en este esfuerzo en virtud de su misión, que la lleva a amar a todos y la obliga también a recordar, a cuantos tienen responsabilidad nacional o internacional, el gran deber de afrontar las necesidades de los más pobres”. Y concluyó deseando que cada uno descubra, “en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones”, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y “trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana”. (María Fernanda Bernasconi – RV). Texto y audio del discurso del Santo Padre a la FAO con ocasión de la Jornada Mundial de la Alimentación: Señor Director General, Distinguidas autoridades, Señoras y Señores: Agradezco la invitación y las palabras de bienvenida que me ha dirigido el Director General, profesor José Graziano da Silva, y saludo con afecto a las autoridades que nos acompañan, así como a los Representantes de los Estados Miembros y a cuantos tienen la posibilidad de seguirnos desde las sedes de la FAO en el mundo. Dirijo un saludo particular a los Ministros de agricultura del G7 aquí presentes, que han finalizado su Cumbre, en la que se han discutido cuestiones que exigen una responsabilidad no sólo en relación al desarrollo y a la producción, sino también con respecto a la Comunidad internacional en su conjunto. 1.     La celebración de esta Jornada Mundial de la Alimentación nos reúne en el recuerdo de aquel 16 de octubre del año 1945 cuando los gobiernos, decididos a eliminar el hambre en el mundo mediante el desarrollo del sector agrícola, instituyeron la FAO. Era aquel un período de grave inseguridad alimentaria y de grandes desplazamientos de la población, con millones de personas buscando un lugar para poder sobrevivir a las miserias y adversidades causadas por la guerra. A la luz de esto, reflexionar sobre los efectos de la seguridad alimentaria en la movilidad humana significa volver al compromiso del que nació la FAO, para renovarlo. La realidad actual reclama una mayor responsabilidad a todos los niveles, no sólo para garantizar la producción necesaria o la equitativa distribución de los frutos de la tierra – esto debería darse por descontado – sino sobre todo para garantizar el derecho de todo ser humano a alimentarse según sus propias necesidades, tomando parte además en las decisiones que lo afectan y en la realización de las propias aspiraciones, sin tener que separarse de sus seres queridos. Ante un objetivo de tal envergadura lo que está en juego es la credibilidad de todo el sistema internacional. Sabemos que la cooperación está cada vez más condicionada por compromisos parciales, llegando incluso a limitar las ayudas en las emergencias. También las muertes a causa del hambre o el abandono de la propia tierra son una noticia habitual, con el peligro de provocar indiferencia. Nos urge pues, encontrar nuevos caminos para transformar las posibilidades de que disponemos en una garantía que permita a cada persona encarar el futuro con fundada confianza, y no sólo con alguna ilusión. El escenario de las relaciones internacionales manifiesta una creciente capacidad de dar respuestas a las expectativas de la familia humana, también con la contribución de la ciencia y de la técnica, las cuales, estudiando los problemas, proponen soluciones adecuadas. Sin embargo, estos nuevos logros no consiguen eliminar la exclusión de gran parte de la población mundial: cuántas son las víctimas de la desnutrición, de las guerras, de los cambios climáticos. Cuántos carecen de trabajo o de los bienes básicos y se ven obligados a dejar su tierra, exponiéndose a muchas y terribles formas de explotación. Valorizar la tecnología al servicio del desarrollo es ciertamente un camino a recorrer, a condición de que se lleguen a concretar acciones eficaces para disminuir el número de los que pasan hambre o para controlar el fenómeno de las migraciones forzosas. 2.     La relación entre el hambre y las migraciones sólo se puede afrontar si vamos a la raíz del problema. A este respecto, los estudios realizados por las Naciones Unidas, como tantos otros llevados a cabo por Organizaciones de la sociedad civil, concuerdan en que son dos los principales obstáculos que hay que superar: los conflictos y los cambios climáticos. ¿Cómo se pueden superar los conflictos? El derecho internacional nos indica los medios para prevenirlos o resolverlos rápidamente, evitando que se prolonguen y produzcan carestías y la destrucción del tejido social. Pensemos en las poblaciones martirizadas por unas guerras que duran ya decenas de años, y que se podían haber evitado o al menos detenido, y sin embargo propagan efectos tan desastrosos y crueles como la inseguridad alimentaria y el desplazamiento forzoso de personas. Se necesita buena voluntad y diálogo para frenar los conflictos y un compromiso total a favor de un desarme gradual y sistemático, previsto por la Carta de las Naciones Unidas, así como para remediar la funesta plaga del tráfico de armas. ¿De qué vale denunciar que a causa de los conflictos millones de personas sean víctimas del hambre y de la desnutrición, si no se actúa eficazmente en aras de la paz y el desarme? En cuanto a los cambios climáticos, vemos sus consecuencias todos los días. Gracias a los conocimientos científicos, sabemos cómo se han de afrontar los problemas; y la comunidad internacional ha ido elaborando también los instrumentos jurídicos necesarios, como, por ejemplo, el Acuerdo de París, del que, por desgracia, algunos se están alejando. Sin embargo, reaparece la negligencia hacia los delicados equilibrios de los ecosistemas, la presunción de manipular y controlar los recursos limitados del planeta, la avidez del beneficio. Por tanto, es necesario esforzarse en favor de un consenso concreto y práctico si se quieren evitar los efectos más trágicos, que continuarán recayendo sobre las personas más pobres e indefensas. Estamos llamados a proponer un cambio en los estilos de vida, en el uso de los recursos, en los criterios de producción, hasta en el consumo, que en lo que respecta a los alimentos, presenta un aumento de las pérdidas y el desperdicio. No podemos conformarnos con decir “otro lo hará”. Pienso que estos son los presupuestos de cualquier discurso serio sobre la seguridad alimentaria relacionada con el fenómeno de las migraciones. Está claro que las guerras y los cambios climáticos ocasionan el hambre, evitemos pues el presentarla como una enfermedad incurable. Las recientes previsiones formuladas por vuestros expertos contemplan un aumento de la producción global de cereales, hasta niveles que permiten dar mayor consistencia a las reservas mundiales. Este dato nos da esperanza y nos enseña que, si se trabaja prestando atención a las necesidades y al margen de las especulaciones, los resultados llegan. En efecto, los recursos alimentarios están frecuentemente expuestos a la especulación, que los mide solamente en función del beneficio económico de los grandes productores o en relación a las estimaciones de consumo, y no a las reales exigencias de las personas. De esta manera, se favorecen los conflictos y el despilfarro, y aumenta el número de los últimos de la tierra que buscan un futuro lejos de sus territorios de origen. 3.     Ante esta situación podemos y debemos cambiar el rumbo (cf. Enc. Laudato si’ , 53; 61; 163; 202). Frente al aumento de la demanda de alimentos es preciso que los frutos de la tierra estén a disposición de todos. Para algunos, bastaría con disminuir el número de las bocas que alimentar y de esta manera se resolvería el problema; pero esta es una falsa solución si se tiene en cuenta el nivel de desperdicio de comida y los modelos de consumo que malgastan tantos recursos. Reducir es fácil, compartir, en cambio, implica una conversión, y esto es exigente. Por eso, me hago a mí mismo, y también a vosotros, una pregunta: ¿Sería exagerado introducir en el lenguaje de la cooperación internacional la categoría del amor, conjugada como gratuidad, igualdad de trato, solidaridad, cultura del don, fraternidad, misericordia? Estas palabras expresan, efectivamente, el contenido práctico del término “humanitario”, tan usado en la actividad internacional. Amar a los hermanos, tomando la iniciativa, sin esperar a ser correspondidos, es el principio evangélico que encuentra también expresión en muchas culturas y religiones, convirtiéndose en principio de humanidad en el lenguaje de las relaciones internacionales. Es menester que la diplomacia y las instituciones multilaterales alimenten y organicen esta capacidad de amar, porque es la vía maestra que garantiza, no sólo la seguridad alimentaria, sino la seguridad humana en su aspecto global. No podemos actuar sólo si los demás lo hacen, ni limitarnos a tener piedad, porque la piedad se limita a las ayudas de emergencia, mientras que el amor inspira la justicia y es esencial para llevar a cabo un orden social justo entre realidades distintas que aspiran al encuentro recíproco. Amar significa contribuir a que cada país aumente la producción y llegue a una autosuficiencia alimentaria. Amar se traduce en pensar en nuevos modelos de desarrollo y de consumo, y en adoptar políticas que no empeoren la situación de las poblaciones menos avanzadas o su dependencia externa. Amar significa no seguir dividiendo a la familia humana entre los que gozan de lo superfluo y los que carecen de lo necesario. El compromiso de la diplomacia nos ha demostrado, también en recientes acontecimientos, que es posible detener el recurso a las armas de destrucción masiva. Todos somos conscientes de la capacidad de destrucción de tales instrumentos. Pero, ¿somos igualmente conscientes de los efectos de la pobreza y de la exclusión? ¿Cómo detener a personas dispuestas a arriesgarlo todo, a generaciones enteras que pueden desaparecer porque carecen del pan cotidiano, o son víctimas de la violencia o de los cambios climáticos? Se desplazan hacia donde ven una luz o perciben una esperanza de vida. No podrán ser detenidas por barreras físicas, económicas, legislativas, ideológicas. Sólo una aplicación coherente del principio de humanidad lo puede conseguir. En cambio, vemos que se disminuye la ayuda pública al desarrollo y se limita la actividad de las Instituciones multilaterales, mientras se recurre a acuerdos bilaterales que subordinan la cooperación al cumplimiento de agendas y alianzas particulares o, sencillamente, a una momentánea tranquilidad. Por el contrario, la gestión de la movilidad humana requiere una acción intergubernamental coordinada y sistemática de acuerdo con las normas internacionales existentes, e impregnada de amor e inteligencia. Su objetivo es un encuentro de pueblos que enriquezca a todos y genere unión y diálogo, no exclusión ni vulnerabilidad. Aquí permitidme que me una al debate sobre la vulnerabilidad, que causa división a nivel internacional cuando se habla de inmigrantes. Vulnerable es el que está en situación de inferioridad y no puede defenderse, no tiene medios, es decir sufre una exclusión. Y lo está obligado por la violencia, por las situaciones naturales o, aún peor, por la indiferencia, la intolerancia e incluso por el odio. Ante esta situación, es justo identificar las causas para actuar con la competencia necesaria. Pero no es aceptable que, para evitar el compromiso, se tienda a atrincherarse detrás de sofismas lingüísticos que no hacen honor a la diplomacia, reduciéndola del “arte de lo posible” a un ejercicio estéril para justificar los egoísmos y la inactividad. Lo deseable es que todo esto se tenga en cuenta a la hora de elaborar el Pacto mundial para una migración segura, regular y ordenada, que se está realizando actualmente en el seno de las Naciones Unidas. 4. Prestemos oído al grito de tantos hermanos nuestros marginados y excluidos: «Tengo hambre, soy extranjero, estoy desnudo, enfermo, recluido en un campo de refugiados». Es una petición de justicia, no una súplica o una llamada de emergencia. Es necesario que a todos los niveles se dialogue de manera amplia y sincera, para que se encuentren las mejores soluciones y se madure una nueva relación entre los diversos actores del escenario internacional, caracterizada por la responsabilidad recíproca, la solidaridad y la comunión. El yugo de la miseria generado por los desplazamientos muchas veces trágicos de los emigrantes puede ser eliminado mediante una prevención consistente en proyectos de desarrollo que creen trabajo y capacidad de respuesta a las crisis medioambientales. Es verdad, la prevención cuesta mucho menos que los efectos provocados por la degradación de las tierras o la contaminación de las aguas, flagelos que azotan las zonas neurálgicas del planeta, en donde la pobreza es la única ley, las enfermedades aumentan y la esperanza de vida disminuye. Son muchas y dignas de alabanza las iniciativas que se están poniendo en marcha. Sin embargo, no bastan, urge la necesidad de seguir impulsando nuevas acciones y financiando programas que combatan el hambre y la miseria estructural con más eficacia y esperanzas de éxito. Pero si el objetivo es el de favorecer una agricultura diversificada y productiva, que tenga en cuenta las exigencias efectivas de un país, entonces no es lícito sustraer las tierras cultivables a la población, dejando que el land grabbing (acaparamiento de tierras) siga realizando sus intereses, a veces con la complicidad de quien debería defender los intereses del pueblo. Es necesario alejar la tentación de actuar en favor de grupos reducidos de la población, como también de utilizar las ayudas externas de modo inadecuado, favoreciendo la corrupción, o la ausencia de legalidad. La Iglesia Católica, con sus instituciones, teniendo directo y concreto conocimiento de las situaciones que se deben afrontar o de las necesidades a satisfacer, quiere participar directamente en este esfuerzo en virtud de su misión, que la lleva a amar a todos y le obliga también a recordar, a cuantos tienen responsabilidad nacional o internacional, el gran deber de afrontar las necesidades de los más pobres. Deseo que cada uno descubra, en el silencio de la propia fe o de las propias convicciones, las motivaciones, los principios y las aportaciones para infundir en la FAO, y en las demás Instituciones intergubernamentales, el valor de mejorar y trabajar infatigablemente por el bien de la familia humana. Muchas gracias.  (from Vatican Radio)...
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Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Amazonia en octubre 2019, convoca el Papa a la hora del Ángelus (dom, 15 oct 2017)
Una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica , que tendrá lugar en Roma en el mes de octubre 2019: lo anunció el Papa Francisco a la hora del Ángelus del tercer domingo de octubre, en la plaza de San Pedro. "Acogiendo el deseo de algunas Conferencias Episcopales de América Latina, además de la voz de diversos Pastores y fieles de otras partes del mundo" el Pontífice explicó que el “objetivo principal de esta convocación es individuar nuevos caminos para la evangelización de aquella porción del Pueblo de Dios, especialmente de los indígenas , a menudo olvidados y sin la perspectiva de un futuro sereno, también a causa de la crisis de la foresta Amazónica, pulmón de capital importancia para nuestro planeta”. El Santo Padre encomendó a los nuevos Santos apenas canonizados en la Plaza de San Pedro, que intercedan por este especial evento para que “en el respeto de la belleza de la creación, todos los pueblos de la tierra alaben al Dios, Señor del universo, e iluminados por Él recorran caminos de justicia y de paz”. Recordamos que el 19 de enero del 2018, el Papa Francisco visitará la ciudad de Puerto Maldonado, en la Amazonia peruana. Allí, los protagonistas serán los pueblos indígenas u originarios que sostendrán un encuentro especial con él, en el Coliseo Cerrado de Madre de Dios. Antes de rezar a la Virgen, Francisco recordó asimismo la celebración, el 17 de octubre, de la  Jornada del rechazo a la Miseria.  “La miseria es una fatalidad” – dijo – señalando que tiene “causas que deben ser reconocidas y removidas, para honrar la dignidad de tantos hermanos y hermanas, siguiendo el ejemplo de los santos”. (MCM, RV) Texto y audio completo de las palabras del Pontífice: Queridos hermanos y hermanas, Al término de esta celebración, saludo cordialmente a todos ustedes, que desde varios países, han venido a honrar a los nuevos Santos. Un deferente pensamiento va en modo particular a las Delegaciones oficiales de Brasil, Francia, Italia, México, Orden de Malta y España. El ejemplo y la intercesión de estos luminosos testimonios del Evangelio nos acompañen en nuestro camino y nos ayuden a promover siempre relaciones fraternas y solidarias, por el bien de la Iglesia y de la sociedad. Acogiendo el deseo de algunas Conferencias Episcopales de América Latina, además de la voz de diversos Pastores y fieles de otras partes del mundo, he decidido convocar una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la región Pan amazónica, que tendrá lugar en Roma en el mes de octubre 2019. Objetivo principal de esta convocación es individuar nuevos caminos para la evangelización de aquella porción del Pueblo de Dios, especialmente de los indígenas, a menudo olvidados y sin la perspectiva de un futuro sereno, también a causa de la crisis de la foresta Amazónica, pulmón de capital importancia para nuestro planeta. Los nuevos Santos intercedan por este evento eclesial, para que, en el respeto de la belleza de la creación, todos los pueblos de la tierra alaben al Dios, Señor del universo, e iluminados por Él recorran caminos de justicia y de paz. Recuerdo también que pasado mañana se celebrará la Jornada del rechazo a la Miseria . La miseria es una fatalidad: tiene causas que deben ser reconocidas y removidas, para honrar la dignidad de tantos hermanos y hermanas, siguiendo el ejemplo de los santos. Y ahora nos dirijamos en oración a la Virgen María. Ángelus Domini… (Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano) (from Vatican Radio)...
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El Papa en la misa de canonizaciones: «Dios nos invita a celebrar la fiesta del amor con Él» (dom, 15 oct 2017)
“El Señor nos desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una verdadera comunión de vida", lo dijo el Papa Francisco en su homilía de la misa del domingo 15 de octubre, tras canonizar a un numeroso grupo de beatos en la Plaza de San Pedro, sintetizando así el mensaje central del Evangelio de San Mateo, en el que Jesús explica a qué se parece el Reino de los Cielos , mediante la parábola del Banquete de Bodas. Mt (22,1-14). “En  esta paráblola, los invitados somos todos nosotros. Las bodas inauguran la comunión de toda la vida y ésto es lo que Dios desea realizar y celebrar con cada uno de nosotros”, explicó el Santo Padre recordando que precisamente en ésto consiste la vida cristiana: una historia de amor con Dios , donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva, ya que “ninguno es un privilegiado con respecto de los demás, sino que cada uno es un privilegiado ante Dios”. Haciendo referencia a este amor gratuito, tierno y privilegiado , que nos propone Dios, donde nace y renace siempre la vida cristiana, el Pontífice señaló que el Señor del amor “espera una respuesta de amor”, pero al mismo tiempo “nos deja libres” para decidir qué responderle. Y en ese sentido el Evangelio nos pone en guardia puesto que la invitación puede ser rechazada. “Muchos respondieron que no, a la invitación del banquete de bodas, porque estaban sometidos a sus propios intereses”, explicó el Obispo de Roma, indicando que actuando de esta manera, se "da la espalda al amor", no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades. “Todo depende del yo, de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero; y se acaba siendo personas rígidas, que reaccionan de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (cf. v. 6) a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban". “El Evangelio nos pregunta por tanto, de qué parte estamos : ¿de la parte del yo o de la parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la autorreferencialidad”, expresó el Papa. "Él, tal y como nos dice el Evangelio, ante los continuos rechazos que recibe, ante la cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se resigna, sino que sigue invitando. “Frente a los «no», no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande”. Porque así actúa el amor; porque sólo así se vence el mal”, expresó el Santo Padre haciendo hincapié en que cada día este Dios, que no pierde nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero, a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y perezoso. Finalmente, haciendo mención al aspecto del vestido de los invitados, Francisco sugirió que el “hábito espiritual” con el que nos presentamos a este banquete del Señor es fundamental: ya que se necesita vestir un hábito que nazca como fruto del amor vivido diariamente. “Tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios”, añadió el Vicario de Cristo, poniendo como ejemplo a los santos recién canonizados. “Pidámos a estos santos, que por su intercesión, recibamos la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio. ¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo: este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar la fiesta del amor con él”, concluyó el Papa.  (SL-RV)   Audio y texto completo de la homilía del Santo Padre La parábola que hemos escuchado nos habla del Reino de Dios como un banquete de bodas (cf. Mt 22,1-14). El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos nosotros, porque el Señor desea «celebrar las bodas» con cada uno de nosotros. Las bodas inauguran la comunión de toda la vida: esto es lo que Dios desea realizar con cada uno de nosotros. Así pues, nuestra relación con Dios no puede ser sólo como la de los súbditos devotos con el rey, la de los siervos fieles con el amo, o la de los estudiantes diligentes con el maestro, sino, ante todo, como la relación de la esposa amada con el esposo. En otras palabras, el Señor nos desea, nos busca y nos invita, y no se conforma con que cumplamos bien los deberes u observemos sus leyes, sino que quiere que tengamos con él una verdadera comunión de vida, una relación basada en el diálogo, la confianza y el perdón. La vida cristiana es una historia de amor con Dios Esta es la vida cristiana, una historia de amor con Dios, donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegiado con respecto de los demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios. De este amor gratuito, tierno y privilegiado nace y renace siempre la vida cristiana. Preguntémonos si, al menos una vez al día, manifestamos al Señor nuestro amor por él; si nos acordamos de decirle cada día, entre tantas palabras: «Te amo Señor. Tú eres mi vida». Porque, si se pierde el amor, la vida cristiana se vuelve estéril, se convierte en un cuerpo sin alma, una moral imposible, un conjunto de principios y leyes que hay que mantener sin saber porqué. En cambio, el Dios de la vida aguarda una respuesta de vida, el Señor del amor espera una respuesta de amor. En el libro del Apocalipsis, se dirige a una Iglesia con un reproche bien preciso: «Has abandonado tu amor primero» (2,4). Este es el peligro: una vida cristiana rutinaria, que se conforma con la «normalidad», sin vitalidad, sin entusiasmo, y con poca memoria. Reavivemos en cambio la memoria del amor primero: somos los amados, los invitados a las bodas, y nuestra vida es un don, porque cada día es una magnífica oportunidad para responder a la invitación. Todos somos invitados "al banquete del Señor" Pero el Evangelio nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses: «Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios», dice el texto (Mt 22,5). Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo. En realidad, los invitados no pensaban que las bodas fueran tristes o aburridas, sino que sencillamente «no hicieron caso»: estaban ocupados en sus propios intereses, preferían poseer algo en vez de implicarse, como exige el amor. Así es como se da la espalda al amor, no por maldad, sino porque se prefiere lo propio: las seguridades, la autoafirmación, las comodidades… Se prefiere apoltronarse en el sillón de las ganancias, de los placeres, de algún hobby que dé un poco de alegría, pero así se envejece rápido y mal, porque se envejece por dentro; cuando el corazón no se dilata, se cierra. Y cuando todo depende del yo ―de lo que me parece, de lo que me sirve, de lo que quiero― se acaba siendo personas rígidas y malas, se reacciona de mala manera por nada, como los invitados en el Evangelio, que fueron a insultar e incluso a asesinar (cf. v. 6) a quienes llevaban la invitación, sólo porque los incomodaban. Dios nunca pierde la esperanza de que aceptemos su invitación Entonces el Evangelio nos pregunta de qué parte estamos: ¿de la parte del yo o de la parte de Dios? Porque Dios es lo contrario al egoísmo, a la autorreferencialidad. Él –nos dice el Evangelio―, ante los continuos rechazos que recibe, ante la cerrazón hacia sus invitados, sigue adelante, no pospone la fiesta. No se resigna, sino que sigue invitando. Frente a los «no», no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande. Nosotros, cuando nos sentimos heridos por agravios y rechazos, a menudo nutrimos disgusto y rencor. Dios, en cambio, mientras sufre por nuestros «no», sigue animando, sigue adelante disponiendo el bien, incluso para quien hace el mal. Porque así actúa el amor; porque sólo así se vence el mal. Hoy este Dios, que no pierde nunca la esperanza, nos invita a obrar como él, a vivir con un amor verdadero, a superar la resignación y los caprichos de nuestro yo susceptible y perezoso. Vestir el "hábito del amor" para asistir al banquete El Evangelio subraya un último aspecto: el vestido de los invitados, que es indispensable. En efecto, no basta con responder una vez a la invitación, decir «sí» y ya está, sino que se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Porque no se puede decir «Señor, Señor» y no vivir y poner en práctica la voluntad de Dios (cf. Mt 7,21). Tenemos necesidad de revestirnos cada día de su amor, de renovar cada día la elección de Dios. Los santos hoy canonizados, y sobre todo los mártires, nos señalan este camino. Ellos no han dicho «sí» al amor con palabras y por un poco de tiempo, sino con la vida y hasta el final. Su vestido cotidiano ha sido el amor de Jesús, ese amor de locura con que nos ha amado hasta el extremo, que ha dado su perdón y sus vestiduras a quien lo estaba crucificando. También nosotros hemos recibido en el Bautismo una vestidura blanca, el vestido nupcial para Dios. Pidámosle, por intercesión de estos santos hermanos y hermanas nuestros, la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio. ¿Cómo hacerlo? Ante todo, acudiendo a recibir el perdón del Señor sin miedo: este es el paso decisivo para entrar en la sala del banquete de bodas y celebrar la fiesta del amor con él. (from Vatican Radio)...
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El Papa reza por el sacerdote italiano secuestrado en Nigeria (sáb, 14 oct 2017)
Un sacerdote misionero de la diócesis de Roma, don Maurizio Pallù, vinculado al Camino Neocatecumenal que habitaba desde hace tres años en Nigeria, ha sido secuestrado por un grupo de hombres armados mientras se dirigía junto a otras cuatro personas a la Benin City, en el sur del país. Los secuestradores habrían secuestrado al sacerdote después de haber robado al grupo, razón por la cual se piensa que se trate de la acción de una banda de delincuentes comunes listos para pedir el rescate. Sobre lo acaecido está trabajando la Unidad de Crisis de la Farnesina, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Italiana. Por su parte, el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke ha escrito en su cuenta twitter que “el Papa Francisco ha sido informado acerca del sacerdote italiano secuestrado en Nigeria, don Maurizio Pallù y está rezando por él”. Originario de Florencia, el sacerdote secuestrado, de 63 años, entró en el seminario Redemptoris Mater de Roma en 1988, después de haber transcurrido 11 años como misionero laico en diversos países del mundo. Obra en dos parroquias romanas y sucesivamente, es enviado a Holanda, donde es párroco de la diócesis de Haarlem. Vuelve a partir hacia África para trabajar en la arquidiócesis de Abuya, en Nigeria. Es un “presbítero itinerante” de la Fundación Familia de Nazaret. El Estado de Edo, del cual Benin City es la capital y en el cual don Maurizio estuvo hasta ahora empeñado, es un área del alto riesgo de secuestros. De hecho, el 27 de septiembre pasado, fue secuestrado también don Lawrence Adoroli, párroco de la Iglesia de San Benito de Okpella. Mons. Gabriel Dunia, obispo de Auchi, condenando ante la Agencia Fides el rapto como acto abominable, reveló que los secuestradores pidieron un rescate a la Iglesia. Pero, “la Iglesia no paga rescates”  respondió el Obispo, confirmando la línea adoptada desde hace tiempo por la Conferencia Episcopal nigeriana de rechazar toda petición de rescate parte de secuestradores de sacerdotes y religiosos. No se trata de actos vinculados al odio religioso, sino que son llevados a cabo a menudo por grupos de criminales comunes que apuntan al dinero. (MCM-RV) (from Vatican Radio)...
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